Cuando éramos pequeñas siempre la acompañaba a casa de noche, el camino estaba oscuro y podía pasarle cualquier cosa; después me tocaba a mi enfrentarme a esa oscuridad, me volvía corriendo muerta de miedo, pero al día siguiente la volvía a acompañar. Yo era la mayor y la fuerte, tenía que protegerla.
Qué ironía, cómo cambian las cosas, ahora la valiente es ella; llenó una maleta de sueños y se atrevió a marcharse a cumplirlos.
Desde entonces, aquí, ya nadie se marcha a las doce; yo no bailo en los semáforos, no fumo a los dos y diecisiete, no como menestra y ya no lloro en el pinar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario